Cuatro pasos para poner en marcha nuestra visión

La sensación de fluidez es una trilogía de Juan Carlos Cubeiro sobre liderazgo (imprescindible), y también el primero de los tres libros que la conforman. El capítulo 3 de este libro, que es cuando el autor se mete en materia, está dedicado al sentido de la visión y se titula “Si no sabes a donde vas…”. A continuación tres frases celebres que condensan la importancia de tener y trabajar una visión de nuestro futuro:

Si no sabes a donde vas, ningún camino te llevará allí. (El gato de Chesire a Alicia en el país de las Maravilas)

No hay buenos vientos para el barco que no sabe a donde va. (Willian Shakespeare)

Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo. (Friedrid Nietzche)

Se trata de tomar la iniciativa, de plantearnos (en los términos más detallados posibles) cómo nos gustaría que fuera el futuro, y es que esa nuestra visión de como será el futuro tendrá una influencia determinante en cómo será el futuro realmente: la mejor formar de predecir el futuro consiste en inventarlo. Si sabemos lo que queremos, podemos orientar todos nuestros esfuerzos hacia eso, y así no los malgastaremos en lo que no queremos.

Los pasos para poner en marcha la visión son:

  1. La firme voluntad de llevar adelante la visión marcada. En este punto, me ha parecido muy interesante la diferencia que explica Cubeiro entre la tenacidad y la perseverancia. La tenacidad consiste en mantener un esfuerzo continuado sin un propósito claro, mientras que la perseverancia consiste en mantener un esfuerzo hacia una meta concreta, y sobre la tan necesaria perseverancia, una cita de Ray Kroc, el mismo que se quedó el negocio de Dick y Maurice Macdonald para convertirlo en un éxito mundial: “Persevera. Nada en el mundo puede reemplazar a la perseverancia. El talento no lo hará; nada es más común que los fracasos con talento. El genio no lo hará tampoco; el genio sin recompensa es ya proverbial. La educación no lo hará: el mundo está lleno de ruinas humanas instruídas. Perseverancia y determinación son las únicas virtudes omnipotentes.”
  2. Esa visión debe de ser clara, llena de detalles, muy específica.Necesitamos un plan detallado de lo que queremos, aquí no nos servirán generalizaciones ni vaguedades.
  3. Marcar la visión y calcular la distancia. Creo que deberíamos saber cuan lejos estamos de lograr esa visión, y establecer una fecha tope.
  4. Visualizar. Proyectemos la película de nuestra visión en nuestro cerebro, como hacen los grandes deportistas, como dice Cubeiro “es más fácil hacer el puzzle cuando ya has visto la fotografía completa en la tapa”.




Este es el gran reto que nos plantea Juan Carlos Cubeiro en La sensación de fluidez, donde nos descubre cómo a nuestro alrededor encontramos un exceso de conocimiento de lo que es un líder y las habilidades que debe poner en práctica, pero falta lo que debe hacer y conseguir pasar del jefe incontestable al líder de una auténtico equipo que inspire e ilusione.
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Adquirir un nuevo hábito, la perspectiva científica

Estoy leyendo el libro El poder de los hábitos, de Charles Duhigg, y en su primera parte explica cómo surgen los hábitos de las personas. La explicación, a la par que interesante, me ha parecido de gran aplicación práctica para la vida de cualquiera, así que la comparto aquí resumida.

La “fragmentación” es un proceso por el cual nuestro cerebro convierte una secuencia de acciones en un rutina automática, y es la causa de la formación de los hábitos. Todos los conductores hemos experimentado este fenómeno: la primera vez que nos subimos a un coche, necesitamos toda nuestra atención para conducirlo, mientras que ahora podemos atender al freno, el acelerador, el embrague, la palanca de cambios y los espejos retrovisores mientras mantenemos una conversación, y eso es por que gracias a la fragmentación podemos conducir sin realizar el esfuerzo mental que necesitamos la primera vez, y eso nos deja recursos cerebrales libres para charlar. Los hábitos, según los científicos, surgen por que nuestro cerebro está siempre tratando de ahorrar esfuerzo mental: estos fragmentos de rutinas automáticas se almacenan en los ganglios basales, cuando ejecutamos una rutina automática, “trabajan” los ganglios basales, y el resto del cerebro “descansa”.

El proceso que, dentro de nuestro cerebro hace que funcione un hábito, es un bucle de tres pasos:

  1. Señal. El detonante que hace saber al cerebro que ha de poner en marcha una rutina, y que rutina en concreto.
  2. Rutina.El procedimiento almacenado, el hábito en si mismo, puede ser una rutina física, mental o emocional.
  3. Recompensa. Ayuda a nuestro cerebro a decidir si merece la pena recordar ese hábito en particular en futuras ocasiones.

Este bucle del hábito funciona tanto para buenos como malos hábitos, y aunque estos tres pasos no siempre son evidentes, es muy interesante pensar en hábitos y tratar de identificarlos (por ejemplo, del hábito de consultar continuamente el correo electrónico: la señal es la alerta de un nuevo mensajes en el ordenador o smartphone, la rutina es dejar lo que estamos haciendo, y la recompensa es una interrupción momentánea de lo que estamos haciendo, el darnos un descanso). Este bucle (señal, rutina, recompensa; señal, rutina, recompensa; señal, rutina, recompensa…) se va volviendo más y más automático hasta que surge un fuerte sentimiento de expectación y deseo.

De este modo, para adquirir un nuevo hábito, en primer lugar debemos definir una señal que sea sencilla y evidente, y después tenemos que definir claramente la recompensa, y, por último, cultivar nuestro deseo por esa recompensa. Este deseo alimenta el bucle del hábito, es el que hace que funcione la señal. Pongamos un ejemplo con el hábito básico de hacer ejercicio:

  • Definamos una señal: la ropa de deporte al lado de la cama, el mero hecho de salir de la cama, etc.
  • Elijamos la recompensa: la dosis de endorfinas que producirá nuestro cuerpo al terminar, un batidos que nos vamos a beber después de la sesión de ejercicio, etc.
  • Pensemos en la recompensa, esperemosla… el deseo de esa recompensa será lo que haga surgir el hábito




Los alimentos que elegimos, lo que ahorramos o gastamos, cómo nos comunicamos, el ejercicio que hacemos, cómo organizamos nuestro trabajo... Cada una de las elecciones que hacemos a diario no son la consecuencia de decisiones meditadas, como cabría pensar. Son hábitos. Y puesto que todos y cada uno de estos estos aspectos ejercen un tremendo impacto en nuestra salud, productividad, seguridad y felicidad, parece inevitable preguntarse: ¿podemos cambiarlos? La respuesta es sí.

Basándose en infinidad de investigaciones y entrevistas llevadas a cabo tanto en el ámbito académico como en el empresarial, el periodista de investigación Charles Duhigg acerca al gran público las conclusiones de los más recientes hallazgos psicológicos y neurológicos acerca de la formación de rutinas.

El resultado es un ensayo apasionante, amenizado con ejemplos de la vida real, que demuestra cómo la adopción de un único hábito clave puede transformar radicalmente nuestra vida personal, corporativa y social.

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El poder de la atención

Somos dueños de nuestra atención: podemos libremente elegir hacia donde la dirigimos y allí donde posemos nuestra atención, irán nuestras emociones y nuestra energía. Según elijamos el objeto de nuestra mirada, traeremos equilibrio o desequilibrio a nuestras vidas:

  • Si elegimos lo desagradable e incómodo para fijarnos en ello, perderemos nuestro equilibrio personal y nos llenaremos de tensión
  • Si elegimos centrar lo atención en lo bueno, en lo importante, mantendremos la mente clara y centrada cuando otros no puedan hacerlo

Esta idea tan sencilla como poderosa está extraída del libro del Dr. Mario Alonso PuigReiventarse”, del que copio literalmente este cuento que viene a ilustrar como, manejar nuestra atención, puede traernos serenidad en las tormentas de la vida.

El soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo dé las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.

-Si, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.

Un día, cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.

-Tal vez mi hijo necesita no que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.

Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio.

-Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.

-Majestad – preguntó uno de los nobles – ¿cuál es el tema del concurso?

-El tema es la serenidad, el equilibrio. Solo una orden os doy – dijo el rey – : bajo ningún concepto rechazaréis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.

Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.

De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.

Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.

– Sin duda su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.

De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.

Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.

– Solo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste.

Estaban a punto de arrojarlo fuera de la sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:

– Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.

– Está bien, dijo otro de los nobles, pero poned ese cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.

Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.

– Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? Preguntó uno de los nobles.

– Si, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas ellas les falta.

El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.

– ¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?

– Es otro cuadro majestad.

– ¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?

– Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.

El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender. Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:

– Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.

Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos tímidamente le preguntó:

– Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?

– No lo habéis visto bien, acercaos.

Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.

El rey les explicó qué era lo que tanto le ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.

– La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.




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