Cuenta en su autobiografÃa el bueno de BenjamÃn Franklin la siguiente anécdota:
Es como el hombre que después de comprar un hacha a mi vecino herrero querÃa tener toda su superficie tan brillante como el filo; el herrero accedió a pulÃrsela tan brillante si él le daba vueltas a la rueda. Asà la giró mientras el herrero presionaba firme y fuertemente la ancha hoja del hacha sobre la piedra, lo que hacÃa muy fatigoso dar las vueltas. el hombre venÃa desde la rueda a cada momento para ver como iba el trabajo, y al fin tomó su hacha como estaba sin pulirla más:
- No –le dijo el herrero- da vueltas, da vueltas; haremos que se pula poco a poco, ya que aún está llena de manchas.
- Sà –le contestó el hombre- pero parece que me gusta más un hacha con manchas.
Y la trae a colación a propósito de su gusto personal por el orden, y al esfuerzo que le suponÃa tener cada cosa en su sitio. Tanto esfuerzo le costaba, que muchas veces estuvo cerca de abandonar su empeño en ser ordenado, pensando que, si se supiera lo mucho que se exigÃa a sà mismo en ese aspecto, podrÃa parecer ridÃculo, y que un hombre bueno debe de permitirse algún defectillo, para ser tolerado por sus amigos. Estuvo cerca de abandonar… pero no abandonó, y aunque se quedó lejos de la perfección que ambicionaba, el continuo esfuerzo realizado persiguiendo dicha perfección lo hizo ser un hombre mejor y más feliz.
Lo que se extraé de esta historia:
- La excelencia personal tiene un precio muy alto (nuestro esfuerzo) que tenemos que pagar nosotros y nadie más.
- Si nos empeñamos a ser perfectos, algún dÃa seremos buenos.
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